Ficción, Literatura, Relato

Olvido

Jose Manuel Hortelano Pi
José Manuel Hortelano-Pi.

Soy un extraño en un lugar desconocido.

La oscuridad me invitaba a entrar, el silencio me gritaba que callará, el viento me llevaba más adentro de todo aquello a lo que le temía, pero mi mente se había quedado vacía.

Camine por aquellas tierras inciertas, dejándome guiar por aquella oscuridad que de repente parecía estar tan vacía como mis recuerdos. Un sonido. Algo roto resonando entre aquella noche silenciosa. Salto del susto, tiemblo del miedo. Desconozco mi propia voz.

Mis recuerdos se habían ido, pero no los de mi cuerpo, me detengo y observo aquel agujero negro en el que me encontraba Ojos observándome desde las alturas. Un silencio abrazador roto por el eco de esa voz desconocida. Sonidos de animales que se parecen a mis lloriqueos.

Soy un extraño en un sitio desconocido.

Creo que he encontrado algo, pero termino estando tan perdido como al inicio. Más ramas rotas abajo mí, no recuerdo el nombre de las cosas con las que camino. El miedo circula por toda mi piel ¿o era otro su nombre?

Grito, sin poder resistirme, lloro como no lo había hecho en años.

Me adentro en la oscuridad, mi rostro está mojado por la perdida, mis lágrimas ni siquiera son saladas, porque el sabor y todo me abandono, lloro por la perdida.

Me adentro en ese lugar desconocido. Me encuentro con lo que queda de mí. Pero al mismo tiempo nadie me encuentra.

La noche es fría. La memoria abandona. El cuerpo se debilita. Y nada se detiene.

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Ficción, Literatura, Relato

Sin esperanza.

Ricardo Fumanal
Ricardo Fumanal

La esperanza era lo último que moría… eso era lo que siempre decía, la sangre esparcida alrededor del suelo, de la mesa, de sus manos, todo estaba salpicado de manchas carmesí, algunas ya comenzando a secarse dejando un aspecto de suciedad.

El sudor recorría su frente, los guantes blancos ahora estaban teñidos de un color oscuro, el olor de la habitación era intenso, la carne estaba comenzando a descomponerse.

Este era el fin… pero seguía repitiéndose una y otra vez que la esperanza era lo último que moría… porque definitivamente el cuerpo que estaba sobre la mesa había muerto desde algunos días.

Ni una sola lágrima había derramado, sabiendo que la precisión en las operaciones tenía que ser exacta.

Un derecho, un revés.

Un derecho, un revés.

El brazo que estaba cosiendo estaba pálido, la piel estaba reseca, el olor pútrido de la carne descompuesta seguía flotando en el aire. Tomando una respiración determinada siguió cosiendo mientras tarareaba una de sus canciones preferidas.

Estaba creando un humano mejorado, porque el humano normal que había estado vivo hace unos días había fallado, su corazón se había detenido, como lo hacían los relojes.

Un derecho, un revés.

Un derecho, un revés.

  Dando por terminadas las últimas puntadas del brazo izquierdo, tomo un bisturí y abrió su pecho, lo único que hacía falta en aquel ser era un nuevo corazón, porque ese era el que no podría resistir más.

La canción que seguía tarareando nunca terminaba, y cada vez que llegaba a la parte final, regresaba a cantarla desde el principio, porque así sería aquel ser, si algún día parara, entonces la canción volvería a iniciar desde el primer segundo hasta el último y así todo de vuelta hasta que llegara el fin de los tiempos.

Conectando el corazón como si de cables se tratara, comenzó a darle pequeñas descargas eléctricas, el cuerpo helado, el nuevo corazón caliente.

Uno… dos… tres…

Cuatro… cinco… seis…

Nada…

Uno… dos… tres…

Nada…

Cuatro… cinco… seis…

Bombeo…

Nada…

Uno… bombeo… dos… nada… bombeo…

El latido del corazón era lento, muy lento.

Una sonrisa comenzó a formarse en los labios de aquel pobre hombre que se había vuelto loco por traer de la muerte a un ser que ya no pertenecía al mundo de los vivos.

Sujetando la mano de aquel ser que ni siquiera se le podría llamar humano, él se quedó, a la espera de cualquier signo nuevo de vida.

La respiración era superficial, las heridas de cada una de las partes de su cuerpo que se conectaba con otra pieza nueva estaban rojas, llenas de cicatrices que muy difícilmente desaparecerían.

Las horas pasaron… los días siguieron su curso y aquel cuerpo comenzó a recuperarse, el color rosado de sus mejillas empezaba a notarse, los parpados temblaban a la espera de abrir esas ventanas que ahora estaban vacías… carentes de sentimientos, carentes de luz.

El olor de la habitación era insoportable, pero después de pasar el tiempo suficiente ya no hacía mucho la diferencia si estaba limpio o no.

La sangre una vez carmesí ahora era de tono café, pegada a todas partes y difícilmente seria limpiada.

El latido de aquel ser resonaba en el silencio muerto que llenaba la habitación.

Un jadeo abandono los labios de aquella criatura, trayendo al presente a aquel pobre hombre loco de poder, loco de dolor, el hombre parpadeo varias veces, esperando que no fuera producto de su imaginación.

Por fin alguien había sobrevivido…

Uno… dos… tres… jadeo.

Uno… dos… tres… jadeo.

Los ojos se le iluminaron, cuando aquella criatura abrió los ojos, de su boca salió un grito ahogado, el cual sólo pudo ser escuchado por aquellos que habían sufrido lo mismo que él.

La esperanza era lo último que moría. Recordó.

Pero al igual que la esperanza las criaturas que no eran humanas… aunque estuvieran formadas de partes de seres vivos, no tenían esperanza.

Porque aquel hombre loco de dolor y poder, no tenía esperanza.

Había perdido su humanidad.

Había perdido aquel ser que por fin había sobrevivido después de todos los fracasos.

Con un grito inhumano escapando de su garganta, una lagrima cayo, estrellándose en el torso de aquel ser.

La canción había llegado a su fin… pero volvería a iniciar hasta lograr lo que un día había perdido.

Contemporáneo, Literatura, Relato

La chica de la ventana.

Ricardo Fumanal
Ricardo Fumanal

Era la chica de la ventana, la que veía todo a través de la distancia y un cristal de por medio, las personas que vivían sus vidas normales no la habían notado para nada, era buena escondiéndose detrás de las cortinas, detrás de las gafas que siempre llevaba.

No conocía a quienes caminaban por las calles pero imaginaba sus nombres, Luis era el señor de la cafetería, Ana era la señora que barría cada mañana las calles de la cuadra, Sandra la joven que atendía una de las papelerías de ahí, y así todos ellos con un nombre de acuerdo a la cara que tenían, sin embargo había una persona a la cual aún no ponía nombre, ese era el joven que parecía no tener rostro de nada, no sabía si podría ser abogado, o tal vez era un pintor de los cuales muy pocos podían entender sus obras, quizá podría ser un escritor con deseos de grandeza pero con miedo a mostrar lo que en realidad pensaba y sentía.

Él podría ser Tristán, le pareció, el chico que no mostraba su tristeza, ese sería un bueno nombre para él.

Mientras divagaba en cuál podría ser su ocupación o su nombre, las calles en sólo un par de minutos comenzaron a llenarse cada vez más de personas, rompiendo la rutina que ella tenía, observar las nuevas actividades que hacían, sin embargo sus ojos seguían clavados en aquel chico al cual había decidido llamar Tristán, él estaba ayudando a Sandra, la chica de la papelería, Sandra le sonrió y el chico le devolvió el gesto con una negación de cabeza.

Viéndose en el espejo la chica de la ventana susurro su nombre, ese que nunca nadie sabría, ya que vivía en un lugar que nadie veía a excepción de aquel joven, por eso era que le gustaba pensar que era una persona como ella, tímida pero llena de sueños y misterio, peinando su largo cabello negro comenzó a pensar en nombres que le fueran bien de acuerdo a su rostro, podría ser llamada, Sol, por lo pálida que era su piel y también por el color de sus ojos, Sol sonaba bien, una abreviación de Soledad.

Dejando el cepillo en su cama comenzó a ver de nuevo todo, observando las nubes como siempre, formando figuras que muy pocos verían.

El joven como cada día se quedó en la esquina de la calle, esperando debajo de una lámpara, él había visto la figura de alguien frágil contemplando parte del pequeño lugar, por las noches las luces eran encendidas y sólo seguía viéndose una sombra, pero nunca había visto a la dueña de ella.

Le parecía que era como el fantasma de la persona que podría ser, pero los fantasmas siempre terminan yéndose en algún momento, espero un par de minutos, su vista no dejando de ver a la ventana del segundo piso del edificio.

Un pequeño rayo de sol iluminaba el lugar, justo en ese momento le pareció ver a alguien, una mano pálida y de dedos delgados posándose en la ventana, sonriendo sin saber si en realidad podría verlo, hizo una inclinación de cabeza en señal de saludo, sabiendo que algún día podría conocer a la persona que vivía ahí, se fue calle abajo.

Ficción, Literatura, Relato

Siete demonios.

Había dos partes de él, nadie conocía verdaderamente ni una sola de ellas.

Él seguía sangrando por dentro, tratando de contener la parte que era salvaje, la que desgarraría todo lo que había a su alrededor sin piedad porque cada uno guardaba a sus demonios bajo llave, sin embargo algunos de ellos no podían ser contenidos ni detenidos después de mucho tiempo.

Así eran los de él, dos partes que nadie conocía, la parte que él aún podía controlar era la de un ser humano normal y corriente, más normal que corriente, su vida había estado llena de lujos pero antes de ello la humillación sólo hizo que la segunda parte de ellas se hiciera más salvaje, más inhumana, se alimentaba del odio y del dolor, la rabia que él tragaba era el alimento perfecto para seguir alimentando a lo que fuera que tenía dentro de él, esa parte, la única que nadie más conocía tenía siete demonios que habían logrado romper las cadenas que los mantenían en lo más profundo de su ser.

El sudor recorría su rostro, pálido por el esfuerzo de mantenerse en pie.

El hombre que se encontraba solo en ese lugar grito, haciendo sangrar sus cuerdas vocales, el dolor era insoportable, alguien estaba apuñalándolo por la espalda, nadie podría detenerlo, los siete demonios que había guardado bajo llave estaban siendo liberados.

Todo ellos saldrían sin tener piedad y cómo la tendrían si él no la había tenido al encerrarlos por todo ese tiempo dentro de un cuerpo en el que sólo podían ser espectadores, siendo controlados por cadenas y haciéndolos sangrar por el esfuerzo de querer ser liberados.

El grito que salía de su garganta ya no era fuerte, estaban agotando sus fuerzas, una sombra oscura salió de su cuerpo, casi instantáneamente comenzó a tomar la forma de su creador, el primer demonio estaba fuera.

Sólo que en lugar de tener los mismos rasgos de aquel hombre las facciones del demonio eran más oscuras, un leve color gris iluminaba su cara, al igual que un tono más oscuro de los ojos verdes de este,  dejándolo casi inconsciente por el esfuerzo de mantenerlos aun dentro de su cuerpo un jadeo escapo de los labios de su dueño, estaba a punto de caer desmayado, pero sólo casi, el primer demonio fue a esperar en una de las esquinas de la habitación gris y oscura el ser que la habitaba estaba a punto de perder la vida que una vez creyó poder poseer.

La bombilla que iluminaba la habitación comenzó a fallar cuando un espasmo sacudió el cuerpo del hombre que ocupaba el centro del lugar, dejándolos por una milésima de segundos en la oscuridad.

Una segunda sombra salió de su cuerpo, haciendo que se doblara sujetándose el estómago, un leve jadeo hizo que su cuerpo se estremeciera. Esta sombra que pronto se convirtió en otro de los demonios no había dolido tanto como el primero, era casi exactamente igual al hombre que respiraba entrecortadamente por la boca, sus jadeos hacían eco en el lugar, tomaba todo el aire que se filtraba por las rendijas de la puerta y la ventana.

Como si no tuviera nada más interesante que hacer en esos momentos el segundo de ellos se quedó observando con admiración al hombre que se retorcía, el hombre  estaba debatiéndose en si debía tirarse al suelo y hacerse un ovillo y rogar porque todo fuera sólo un sueño, no importaba si era uno muy vivido, mientras fuera un sueño todo seguiría siendo igual, podría controlar lo que estaba a su alrededor.

-¡Ah! –grito dejándose caer en una de sus rodillas.

Alguien estaba haciendo que su cuerpo no respondiera a sus órdenes, estaba siendo castigado por siquiera pensar en mantener a los cinco demonios restantes dentro de sí.

Por un minuto el aire regreso a sus pulmones, dejándolo descansar y sólo estaban haciendo eso, si él se desmayaba no podrían escapar de ahí.

Una tercer sombra comenzó a emerger de él, esta era lenta y torpe, como si la luz entorpeciera la forma en que se movía, todos salían de su espalda, ni uno sólo había salido como lo hacen en las películas donde alguien esta poseído, esta era igual que la primera, oscura, aunque si mirabas de cerca podrías darte cuenta que sus ojos no brillaban como lo hacían los de los otros dos demonios, esta sombra parecía ser un poco menos humana que las demás, como si en verdad estuviera muerto.

Se unió al primero, dejándose caer con un golpe sordo sobre el frío suelo.

La cuarta sombra, el cuarto demonio salió rápido y ágilmente, permitiendo que su captor no sufriera demasiado como lo había hecho con la última que había salido de él, los labios del hombre estaban tornándose pálidos, y un sudor frío recorría toda su frente, el temblor de sus miembros dificultaba que el quinto de ellos saliera, estaba siendo rápido para por fin salir y ver todo lo que se había limitado a ver a través de los ojos que le habían privado de observar el mundo completamente con sus propios ojos, si tan sólo no le hubiera negado tantas veces el ver lo que él necesitaba, esa sombra se hubiera quedado, pero después de estar encadenado y sin siquiera recibir una sola recompensa por todo el tiempo que estuvo atada, se sentía impaciente por salir.

Al estar frente al hombre que lo había privado de todo ello se quedó viéndolo, compasión, eso hubiera sentido si él hubiera mostrado un poco hacia esos seres que lo habitaban.

Negando con la cabeza el quinto  demonio se alejó viendo primero lo que se encontraba al otro lado de la ventana, todo era oscuro pero pronto vendría otro día.

La sexta sombra apareció como si estuviera flotando alrededor del cuerpo que ahora estaba sacudiéndose violentamente sobre el suelo, una fina capa de sudor cubría el piso donde se encontraba el hombre tirado, el sudor hacia que la ropa se le pegara al cuerpo.

El último de sus demonios estaba aún esperando el momento para salir y emerger a la vida, podía sentir el poder al ser el único que quedaba, podía sentir el miedo cubriendo todas las paredes del cuerpo que lo mantenía encerrado, el miedo era el mejor alimento para un demonio, saboreaba todas los sentimientos de quienes lo transpiraban.

Un sollozo salió de los labios de aquel hombre, el ultimo demonio podía oírlo tan fuerte dentro de su cabeza que casi quiso darle un puñetazo, pero no lo haría porque después de haber vivido y compartido un cuerpo con él se sentía incorrecto hacerlo.

Aspirando todas las emociones que salían como si no hubiera mañana comenzó a prepararse para salir, probablemente no quedaría mucho tiempo antes de que el hombre dejara de vivir y el muriera sino salía rápido.

La última sombra emergió dándole la bienvenida al primer rayo de luz que vieron sus ojos, no era luz natural pero después de todo seguía siendo luz.

Los rasgos de este último comenzaron a tornarse exactamente iguales  que los de su creador, la misma mueca en el rostro cuando sonreía, porque era lo que estaba haciendo, estaba sonriendo por fin eran libres, siete demonios que habían pasado su vida entera esperando ese momento.

El cuerpo que se encontraba en la mitad de  la habitación ahora estaba tirado en el suelo, el sudor cubría su rostro completamente, unos temblores sacudían su cuerpo, que una vez había sido fornido y alto ahora estaba convertido en algo delgado y frágil.

Sus ojos verdes se dirigieron a los siete demonios que se encontraban alrededor de él, como si estuvieran esperando a que dejara de existir.

Pero sólo había una cosa que ellos habían olvidado, si el moría, entonces ellos lo harían también, después de todo seguían siendo el mismo, sólo separados.

Hola, este es un relato que he escrito hace ya tiempo, lo he estado editando y lo he dejado así, me gustaría saber cuál es su opinión, ojala puedan decirme qué les parece 🙂 

Literatura

Ineluctable.

the girl and me
Danny Roberts

Apuesto a que aún piensas en mí.

Y que soy un recuerdo inefable para ti, porque eso era lo que fuimos y eso es lo que seguimos siendo, las historias que son escritas desde el momento en que nacimos nos dejaron con la esperanza de recibir más a cambio, pero nosotros nunca lo hicimos.

Apuesto a que ves los alrededores como si fueran nuevos para tus ojos, porque siempre fuimos ciegos, porque siempre nos deslumbraron las estrellas que estaban demasiado lejos para ser alcanzadas, éramos sordos y queríamos ser escuchados, quisimos ser libres y nunca dejamos atrás nuestras cadenas.

Apuesto que aún sueñas con los planes que compartimos y que no se cumplieron, porque sin saber que nuestros planes eran los mismos seguimos por diferentes caminos, pensé en esa frase de que el mundo era redondo y algún día nos volveríamos a encontrar, pero ahora que veo el tamaño de las ciudades que ni siquiera podía imaginar, me doy cuenta de que si nos encontramos ya no daríamos para más.

Sin categoría

Ecos

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Sara Herranz

Ecos en la oscuridad, es todo lo que puedes escuchar.

Figuras en el techo que no tienen inicio ni final.

Recuerdos del pasado que nunca volverá a pasar.

Cosas sin sentido que siempre llegas a pensar.

Vives con una historia que nadie más va a escuchar.

Palabras en tu mente que nadie sabe qué has pensado.

Sonrisas de alegría y otras que no tienen significado.

Lágrimas de tristeza y otras más que no has mostrado.

Todo lo que eres queda siendo guardado.

En un pasado que olvidas.

En un futuro que cambia.

En un presente que vives.

En un amigo que pierdes.

Se va como el viento cuando lo sientes.

Se queda como un recuerdo inminente.

Se aleja como un destino de carretera.

Se guarda como algo que nunca regresa.

O simplemente te aferras como si fuera tu vida.

O lo dejas libre como la mariposa que liberas y nunca regresa.