Ficción, Literatura, Relato

Olvido

Jose Manuel Hortelano Pi
José Manuel Hortelano-Pi.

Soy un extraño en un lugar desconocido.

La oscuridad me invitaba a entrar, el silencio me gritaba que callará, el viento me llevaba más adentro de todo aquello a lo que le temía, pero mi mente se había quedado vacía.

Camine por aquellas tierras inciertas, dejándome guiar por aquella oscuridad que de repente parecía estar tan vacía como mis recuerdos. Un sonido. Algo roto resonando entre aquella noche silenciosa. Salto del susto, tiemblo del miedo. Desconozco mi propia voz.

Mis recuerdos se habían ido, pero no los de mi cuerpo, me detengo y observo aquel agujero negro en el que me encontraba Ojos observándome desde las alturas. Un silencio abrazador roto por el eco de esa voz desconocida. Sonidos de animales que se parecen a mis lloriqueos.

Soy un extraño en un sitio desconocido.

Creo que he encontrado algo, pero termino estando tan perdido como al inicio. Más ramas rotas abajo mí, no recuerdo el nombre de las cosas con las que camino. El miedo circula por toda mi piel ¿o era otro su nombre?

Grito, sin poder resistirme, lloro como no lo había hecho en años.

Me adentro en la oscuridad, mi rostro está mojado por la perdida, mis lágrimas ni siquiera son saladas, porque el sabor y todo me abandono, lloro por la perdida.

Me adentro en ese lugar desconocido. Me encuentro con lo que queda de mí. Pero al mismo tiempo nadie me encuentra.

La noche es fría. La memoria abandona. El cuerpo se debilita. Y nada se detiene.

Literatura, Relato

Simple misterio.

Bec Winnel
Bec Winnel

Ella era simple como ninguna mujer cree que lo es.

Su sencillez contrastaba con la vanidad de las demás,  intentaban ser complicadas, sólo haciendo que sus vidas fueran un enredo de misterio, pero ella era el camino fácil, sabias cómo llegar y aunque el trayecto estaba lleno de baches y curvas, seguía siendo la mujer más simple que pude haber conocido.

Me gustaba pensar que soñaba con encontrar el amor, se notaba en su mirada, tal vez esa era la manera en que veía a todas las parejas, o simplemente me gustaba imaginar que ella esperaba por alguien.

Recuerdo verla caminar por las calles, su mirada siempre al frente pero por alguna razón ella no estaba presente, era como si estuviera perdida en su mundo, incluso a veces sonreía cuando el viento soplaba a su alrededor, extendía las manos como si pudiera tocar lo que no podía ser visto y podías sentir su dicha con sólo verla.

Simple era la palabra que la definía, hermosa era como se veía, el único misterio eran sus ojos de un tono como los de la mayoría, cafés, ella podría hacer que ese fuera tu color favorito, lleno de misterio y simpleza a la vez, con montones de sombras y diferentes tonos del mismo café, con un brillo con algún significado, tal vez alegría o simple tristeza, pura y sin sombras, sin ser procesada, sin ser descubierta.

Así era como la veía en mi imaginación y regularmente en mis sueños mientras seguía despierto, así era como escribía sobre ella, sin conocer nada de la realidad, creaba mis propias historias y  mis propias respuestas, esa era la vida de un chico al que le gustaba el drama y las historias escritas porque eran las únicas donde querías que existiera otro final, ya que las de la realidad eran demasiado bobas, el amor llegaba a la semana de haber conocido a alguien, era más importante el lugar donde se celebraban los aniversarios que los años que habían estado juntos. Y las historias de las películas y las que se hacen llamar telenovelas eran demasiado comerciales, con historias tristes que sólo tienen un final feliz, con engaños y perdón, con gente más bonita que la promedio.

Sonreí al suelo, al darme cuenta que estoy perdido en mis pensamientos mientras la veo, el papel frente a mí está vacío y el café que tomaba paso de estar caliente a estar medio frío. Tomo la lapicera entre mis manos, las palabras están frescas en mi mente aunque no en tinta, levanto la vista de mi cuaderno y la veo, sigue sonriendo lo que hace que yo la imite, idiota pienso, pero entonces en ese momento me ve, sus ojos están puestos en mí.

¡Me está sonriendo! Es lo primero que quiero escribir, es lo primero que viene a mi mente, provocando que se escape un ruido bajo en mi garganta de la risa sofocada de lo patético que estoy siendo. Su atención vuelve a su amiga, de la cual sólo estoy viendo su espalda aunque no hace falta que vea su cara, sé de quién se trata.

Regreso la atención a mi mesa, ha sido mi día de descanso y lo único que ocupa mi cabeza es el hecho de que debería de estar escribiendo, intentando crear algo nuevo y dejarla atrás a ella, la conozco desde hace poco más de dos años y ni siquiera se ha dado cuenta de quién soy. De mi boca sale un suspiro de cansancio, niego con la cabeza, la cual se ríe mentalmente de mi lado soñador y cursi, si Baltazar pudiera verme me habría golpeado de verdad, estoy deseando que lo haga.

Guardo mis cosas en el bolso estilo cartero que llevo casi a todos lados, pago por el café y salgo de ahí. Meto las manos en los bolsillos de mis pantalones mientras camino de regreso a mí casa, como casi siempre, observo a las personas, con verlas unos pocos minutos puedes crear historias, ellos pueden ser la vecina chismosa, la madre sumisa o el padre controlador, el hermano preferido o el interesante protagonista, cualquiera puede ser algo, es cuestión de imaginación nada más.

Al llegar a mi habitación las primeras letras que escribo son: Era una flor mística… pero sé  que no funciona, lo borro, antes de que otra palabra sea escrita.

Creo los recuerdos que no han pasado pero están grabados a fuego en mi memoria, han sido plasmados en papel, soy el chico del periódico, el que tiene una columna para escribir poesía, el que consiguió un trabajo escribiendo ahí gratis, pero ahora recibe un pequeño sueldo, a causa de la demanda de los viejos y románticos, sólo ellos podrían leerla.

Por eso lo agradezco, algún día seré un famoso escritor o por lo menos un pordiosero, pero haré lo que me gusta, escribiré. Porque sé que es lo correcto por hacer.

Me mantengo en secreto, ni siquiera mis padres saben que escribo esa columna, ni siquiera mi mejor amigo lo sabe. Es un secreto que sólo es mío y sé que los secretos tienen cierto poder entre la gente.

Me gustaba pensar que ella era simple y yo todo un misterio, pero yo de misterioso no tengo nada más que mi seudónimo.

Me hacía llamar B. M.

El editor del periódico me dijo una vez que por qué tanto misterio, me pregunto por el significado de esas iniciales, y le respondí, que no quería que nadie supiera lo que escribía y que eran las iniciales de mi nombre, él asintió y dijo, “claro los muchachos de estos tiempos lo tomarían como burla, todo es un chiste para ellos”, yo dije que sí, aunque esa no era mi verdadera razón, pero era mejor que decirle lo ridículo que  significaban esas iniciales. Eran Bastián Misterio, en lugar de mi apellido correcto me gustaba imaginar que era Misterio, quería hacerle honor a mi idea de serlo.

Ridículo.

Pero en realidad esa era la mejor palabra que podría describirme, tenía apenas 19 años, y tenía los  sueños de un señor de 40, me preguntaba cada día y noche si era normal, pero aun si no lo fuera, no podría cambiar de  la noche a la mañana.

Después de un rato las palabras fueron escritas con tanta rapidez en una hoja de papel arrugada, con el miedo de no escribir lo suficientemente rápido, temiendo por olvidar lo que se me ocurría.

-Bastián, te busca Baltazar –grito mi mamá desde la cocina.

Finalice la última palabra que había escrito y me apresure a guardar todo debajo de mi cama, era el mejor escondite de un chico, nadie se arriesgaba a buscar ahí.

Ficción, Literatura, Relato

Sin esperanza.

Ricardo Fumanal
Ricardo Fumanal

La esperanza era lo último que moría… eso era lo que siempre decía, la sangre esparcida alrededor del suelo, de la mesa, de sus manos, todo estaba salpicado de manchas carmesí, algunas ya comenzando a secarse dejando un aspecto de suciedad.

El sudor recorría su frente, los guantes blancos ahora estaban teñidos de un color oscuro, el olor de la habitación era intenso, la carne estaba comenzando a descomponerse.

Este era el fin… pero seguía repitiéndose una y otra vez que la esperanza era lo último que moría… porque definitivamente el cuerpo que estaba sobre la mesa había muerto desde algunos días.

Ni una sola lágrima había derramado, sabiendo que la precisión en las operaciones tenía que ser exacta.

Un derecho, un revés.

Un derecho, un revés.

El brazo que estaba cosiendo estaba pálido, la piel estaba reseca, el olor pútrido de la carne descompuesta seguía flotando en el aire. Tomando una respiración determinada siguió cosiendo mientras tarareaba una de sus canciones preferidas.

Estaba creando un humano mejorado, porque el humano normal que había estado vivo hace unos días había fallado, su corazón se había detenido, como lo hacían los relojes.

Un derecho, un revés.

Un derecho, un revés.

  Dando por terminadas las últimas puntadas del brazo izquierdo, tomo un bisturí y abrió su pecho, lo único que hacía falta en aquel ser era un nuevo corazón, porque ese era el que no podría resistir más.

La canción que seguía tarareando nunca terminaba, y cada vez que llegaba a la parte final, regresaba a cantarla desde el principio, porque así sería aquel ser, si algún día parara, entonces la canción volvería a iniciar desde el primer segundo hasta el último y así todo de vuelta hasta que llegara el fin de los tiempos.

Conectando el corazón como si de cables se tratara, comenzó a darle pequeñas descargas eléctricas, el cuerpo helado, el nuevo corazón caliente.

Uno… dos… tres…

Cuatro… cinco… seis…

Nada…

Uno… dos… tres…

Nada…

Cuatro… cinco… seis…

Bombeo…

Nada…

Uno… bombeo… dos… nada… bombeo…

El latido del corazón era lento, muy lento.

Una sonrisa comenzó a formarse en los labios de aquel pobre hombre que se había vuelto loco por traer de la muerte a un ser que ya no pertenecía al mundo de los vivos.

Sujetando la mano de aquel ser que ni siquiera se le podría llamar humano, él se quedó, a la espera de cualquier signo nuevo de vida.

La respiración era superficial, las heridas de cada una de las partes de su cuerpo que se conectaba con otra pieza nueva estaban rojas, llenas de cicatrices que muy difícilmente desaparecerían.

Las horas pasaron… los días siguieron su curso y aquel cuerpo comenzó a recuperarse, el color rosado de sus mejillas empezaba a notarse, los parpados temblaban a la espera de abrir esas ventanas que ahora estaban vacías… carentes de sentimientos, carentes de luz.

El olor de la habitación era insoportable, pero después de pasar el tiempo suficiente ya no hacía mucho la diferencia si estaba limpio o no.

La sangre una vez carmesí ahora era de tono café, pegada a todas partes y difícilmente seria limpiada.

El latido de aquel ser resonaba en el silencio muerto que llenaba la habitación.

Un jadeo abandono los labios de aquella criatura, trayendo al presente a aquel pobre hombre loco de poder, loco de dolor, el hombre parpadeo varias veces, esperando que no fuera producto de su imaginación.

Por fin alguien había sobrevivido…

Uno… dos… tres… jadeo.

Uno… dos… tres… jadeo.

Los ojos se le iluminaron, cuando aquella criatura abrió los ojos, de su boca salió un grito ahogado, el cual sólo pudo ser escuchado por aquellos que habían sufrido lo mismo que él.

La esperanza era lo último que moría. Recordó.

Pero al igual que la esperanza las criaturas que no eran humanas… aunque estuvieran formadas de partes de seres vivos, no tenían esperanza.

Porque aquel hombre loco de dolor y poder, no tenía esperanza.

Había perdido su humanidad.

Había perdido aquel ser que por fin había sobrevivido después de todos los fracasos.

Con un grito inhumano escapando de su garganta, una lagrima cayo, estrellándose en el torso de aquel ser.

La canción había llegado a su fin… pero volvería a iniciar hasta lograr lo que un día había perdido.

Contemporáneo, Literatura, Relato

La chica de la ventana.

Ricardo Fumanal
Ricardo Fumanal

Era la chica de la ventana, la que veía todo a través de la distancia y un cristal de por medio, las personas que vivían sus vidas normales no la habían notado para nada, era buena escondiéndose detrás de las cortinas, detrás de las gafas que siempre llevaba.

No conocía a quienes caminaban por las calles pero imaginaba sus nombres, Luis era el señor de la cafetería, Ana era la señora que barría cada mañana las calles de la cuadra, Sandra la joven que atendía una de las papelerías de ahí, y así todos ellos con un nombre de acuerdo a la cara que tenían, sin embargo había una persona a la cual aún no ponía nombre, ese era el joven que parecía no tener rostro de nada, no sabía si podría ser abogado, o tal vez era un pintor de los cuales muy pocos podían entender sus obras, quizá podría ser un escritor con deseos de grandeza pero con miedo a mostrar lo que en realidad pensaba y sentía.

Él podría ser Tristán, le pareció, el chico que no mostraba su tristeza, ese sería un bueno nombre para él.

Mientras divagaba en cuál podría ser su ocupación o su nombre, las calles en sólo un par de minutos comenzaron a llenarse cada vez más de personas, rompiendo la rutina que ella tenía, observar las nuevas actividades que hacían, sin embargo sus ojos seguían clavados en aquel chico al cual había decidido llamar Tristán, él estaba ayudando a Sandra, la chica de la papelería, Sandra le sonrió y el chico le devolvió el gesto con una negación de cabeza.

Viéndose en el espejo la chica de la ventana susurro su nombre, ese que nunca nadie sabría, ya que vivía en un lugar que nadie veía a excepción de aquel joven, por eso era que le gustaba pensar que era una persona como ella, tímida pero llena de sueños y misterio, peinando su largo cabello negro comenzó a pensar en nombres que le fueran bien de acuerdo a su rostro, podría ser llamada, Sol, por lo pálida que era su piel y también por el color de sus ojos, Sol sonaba bien, una abreviación de Soledad.

Dejando el cepillo en su cama comenzó a ver de nuevo todo, observando las nubes como siempre, formando figuras que muy pocos verían.

El joven como cada día se quedó en la esquina de la calle, esperando debajo de una lámpara, él había visto la figura de alguien frágil contemplando parte del pequeño lugar, por las noches las luces eran encendidas y sólo seguía viéndose una sombra, pero nunca había visto a la dueña de ella.

Le parecía que era como el fantasma de la persona que podría ser, pero los fantasmas siempre terminan yéndose en algún momento, espero un par de minutos, su vista no dejando de ver a la ventana del segundo piso del edificio.

Un pequeño rayo de sol iluminaba el lugar, justo en ese momento le pareció ver a alguien, una mano pálida y de dedos delgados posándose en la ventana, sonriendo sin saber si en realidad podría verlo, hizo una inclinación de cabeza en señal de saludo, sabiendo que algún día podría conocer a la persona que vivía ahí, se fue calle abajo.

Literatura, Relato

Helena.

Bec Winnel.
Bec Winnel.

Su rostro era un lienzo marcado por las líneas que el tiempo dejo a su paso, a pesar de que intento cubrirlas con los tratamientos de belleza, sus huesos parecían rechinar como lo hace la madera vieja, la juventud que antes había tenido se le estaba yendo de las manos.

Ella se conocía a sí misma como nadie más lo haría, todas las mañanas al despertar, sus huesos comenzaban a molestarla, los años no habían pasado en vano.

Cada mañana despertaba con la ilusión de regresar de un sueño, cada mañana rezaba por seguir siendo aquella joven con el cabello de oro, la joven de aquellos ojos color esmeralda, que sólo con una mirada dejaba a los hombres hechizados por una belleza que muy pocas podían presumir.

Sostuvo un cigarrillo entre sus dedos ya demasiado expertos, con un movimiento rápido el fuego regreso de la vida de su antiguo encendedor, dejando que el chasquido de sus dedos se mezclara con el ruido del metal raspando la carne.

-No le perteneces a nadie –dijo cuándo dio la primera calada a su cigarrillo.

Era el lema que repetía desde que tenía veintisiete.

Helena era aquella mujer a la cual todos admiraban desde lejos, la que era perfecta para cualquiera pero no lo suficientemente buena para ser digna, de ser considerada, como algo más que una belleza.

Los amoríos a lo largo de su vida fueron intensos, pero ninguno duro lo suficiente.

El único al que alguna vez había amado, desapareció, dejándola con un vacío, dejándola sin una explicación, tiempo después se enteró de que aquel hombre estaba casado, eso le dolió, pero no más que el engaño, él se había casado con su mejor amiga, aquella que siempre iba de chaperona cuando ellos salían.

Tomando otra calada de su cigarrillo se levantó del sofá en el que estaba, la lluvia afuera caía a raudales, le gustaba observarla, pero más le gustaba escribir cuando el clima era así, triste como ella, atormentada.

Sus dedos huesudos comenzaron a escribir lo que su boca no se atrevía a decir, las palabras fluían, los personajes siempre presentes fuera de su mente, porque aunque no lo dijera, cada personaje era una de las personas que la habían abandonado o que la decepciono.

Mientras estaba perdida en los diálogos de ellos, alguien la observaba. Unos ojos de color café veía el cabello que ahora estaba pintado de plata. Suspiro, haciendo que Helena dejara de escribir lo que tanto anhelaba decir.

Sin embargo los ojos de ella no lograron verlo.

Todos ellos vivían dentro de su mente, pero a veces lograban salir de ahí, el carácter que los representaba no siempre era el que los acompañaba cuando la visitaban.

-Ella le pertenece a las letras –dijo uno de ellos con aire triste, era apenas un niño, el cual anhelo tener en sus años de madurez ahora que se encontraba sola.

-Ella nos pertenece –dijo Santiago, el personaje que representaba al amor de su vida perdido.

-Ella sólo se pertenece a ella misma –declaro Casia.

-Nos pertenece –afirmo Santiago –Helena nos ha creado, no puede ser libre, es esclava de sus fantasmas.

Helena era efectivamente esclava de sus fantasmas. Pero siempre intentaba dejarlos atrás, su forma de seguir adelante era haciéndolos sufrir en los libros.

-Yo no soy un fantasma –se defendió Lucas, aquel niño que se quedaba pegado a Casia.

-Porque no existes.

Casia sabiendo que era otra de las peleas entre ellos, sólo acaricio la cabeza del pequeño.

Veía a través de sus ojos aquellos que siempre iban disfrazados de algo como la esperanza.

Casia era Helena, aquella que guardo sólo para los libros, la dulce y buena persona, la que amaba a los niños y no se molestaba por una mancha.

La que se esforzaba en encerrar, el cigarrillo que Helena sostenía entre sus labios estaba a punto de terminarse, la cajetilla sólo tenía uno de ellos, había fumado casi toda la caja en sólo una mañana.

Sus dientes una vez blancos ahora eran amarillos.

-Morirá sola –dijo Santiago, viéndola con un poco de pesadumbre en su mirada.

Sabiendo que era cierto lo que decía Santiago, los labios de Casia formaron una línea, los rasgos de su cara distorsionados.

Los dedos de Helena se movían a toda velocidad, sabiendo que estaba en la cúspide de la historia se limitaron a observarla.

La arruga entre sus cejas se profundizaba con cada minuto que pasaba, perdieron el tiempo viendo como su creadora seguía lo que su mente decía.

El día dio lugar a la noche y ella aún seguía escribiendo.

-Tengo que irme –anuncio Santiago –me hubiera gustado salir de su mente y ser lo que siempre necesito.

Sin decir nada, él se desvaneció. Helena levanto la mirada como si buscara por él, pero eso no podría pasar porque para sus ojos cansados sólo eran invisibles.

Lucas estaba dormido en el suelo, el frío no lo inmuto ya que no podía sentirlo, sólo sabía ver las emociones o sentirlas cuando se trataba de él y Helena.

La única que la acompañaba hasta que se iba a dormir era Casia, la otra mitad que había matado para colocarla en un libro.

Observándola con tristeza y nostalgia suspiro, al igual que Helena, las dos se quedaron viéndose, pero sólo una de ellas podía ver a la otra.

-No le perteneces a nadie –repitió Helena, dando por terminado el día.

Levantándose con dificultad de la mesa camino hasta la cocina. Comió algo de lo que tenía en la nevera y se sentó a ver la oscuridad que rodeaba la ciudad.

Sentándose frente a ella Casia la observo.

Detrás de aquellas enormes gafas escondía una soledad que sólo ella podía entender, detrás de aquel enorme suéter escondía unos frágiles huesos y las entrañas, que se esforzaban en ocultar el corazón que no se atrevía a mostrar de nuevo.

Pero para eso ya era muy tarde.

-No le perteneces a nadie –dijo viendo a la nada.

-Te perteneces a ti misma –escucho dentro de su cabeza.

Volteando a los lados, le pareció ver un par de ojos cafés, de ese tono que sólo imaginas en las historias que lees.

Helena se quitó los lentes, limpiándolos con la esquina de su suéter.

Después de ponérselos de nuevo, no vio nada, porque Casia y Lucas estarían acompañándola y aunque ella no lograra verlos, seguirían esperando, no moriría sola, porque sus personajes eran la parte muerta que era ella y ellos la recibirían cuando llegara el momento.

-Nos pertenecemos a todos… -susurro Casia, viendo como los ojos de Helena se cerraban con lentitud.

Ficción, Literatura, Relato

Siete demonios.

Había dos partes de él, nadie conocía verdaderamente ni una sola de ellas.

Él seguía sangrando por dentro, tratando de contener la parte que era salvaje, la que desgarraría todo lo que había a su alrededor sin piedad porque cada uno guardaba a sus demonios bajo llave, sin embargo algunos de ellos no podían ser contenidos ni detenidos después de mucho tiempo.

Así eran los de él, dos partes que nadie conocía, la parte que él aún podía controlar era la de un ser humano normal y corriente, más normal que corriente, su vida había estado llena de lujos pero antes de ello la humillación sólo hizo que la segunda parte de ellas se hiciera más salvaje, más inhumana, se alimentaba del odio y del dolor, la rabia que él tragaba era el alimento perfecto para seguir alimentando a lo que fuera que tenía dentro de él, esa parte, la única que nadie más conocía tenía siete demonios que habían logrado romper las cadenas que los mantenían en lo más profundo de su ser.

El sudor recorría su rostro, pálido por el esfuerzo de mantenerse en pie.

El hombre que se encontraba solo en ese lugar grito, haciendo sangrar sus cuerdas vocales, el dolor era insoportable, alguien estaba apuñalándolo por la espalda, nadie podría detenerlo, los siete demonios que había guardado bajo llave estaban siendo liberados.

Todo ellos saldrían sin tener piedad y cómo la tendrían si él no la había tenido al encerrarlos por todo ese tiempo dentro de un cuerpo en el que sólo podían ser espectadores, siendo controlados por cadenas y haciéndolos sangrar por el esfuerzo de querer ser liberados.

El grito que salía de su garganta ya no era fuerte, estaban agotando sus fuerzas, una sombra oscura salió de su cuerpo, casi instantáneamente comenzó a tomar la forma de su creador, el primer demonio estaba fuera.

Sólo que en lugar de tener los mismos rasgos de aquel hombre las facciones del demonio eran más oscuras, un leve color gris iluminaba su cara, al igual que un tono más oscuro de los ojos verdes de este,  dejándolo casi inconsciente por el esfuerzo de mantenerlos aun dentro de su cuerpo un jadeo escapo de los labios de su dueño, estaba a punto de caer desmayado, pero sólo casi, el primer demonio fue a esperar en una de las esquinas de la habitación gris y oscura el ser que la habitaba estaba a punto de perder la vida que una vez creyó poder poseer.

La bombilla que iluminaba la habitación comenzó a fallar cuando un espasmo sacudió el cuerpo del hombre que ocupaba el centro del lugar, dejándolos por una milésima de segundos en la oscuridad.

Una segunda sombra salió de su cuerpo, haciendo que se doblara sujetándose el estómago, un leve jadeo hizo que su cuerpo se estremeciera. Esta sombra que pronto se convirtió en otro de los demonios no había dolido tanto como el primero, era casi exactamente igual al hombre que respiraba entrecortadamente por la boca, sus jadeos hacían eco en el lugar, tomaba todo el aire que se filtraba por las rendijas de la puerta y la ventana.

Como si no tuviera nada más interesante que hacer en esos momentos el segundo de ellos se quedó observando con admiración al hombre que se retorcía, el hombre  estaba debatiéndose en si debía tirarse al suelo y hacerse un ovillo y rogar porque todo fuera sólo un sueño, no importaba si era uno muy vivido, mientras fuera un sueño todo seguiría siendo igual, podría controlar lo que estaba a su alrededor.

-¡Ah! –grito dejándose caer en una de sus rodillas.

Alguien estaba haciendo que su cuerpo no respondiera a sus órdenes, estaba siendo castigado por siquiera pensar en mantener a los cinco demonios restantes dentro de sí.

Por un minuto el aire regreso a sus pulmones, dejándolo descansar y sólo estaban haciendo eso, si él se desmayaba no podrían escapar de ahí.

Una tercer sombra comenzó a emerger de él, esta era lenta y torpe, como si la luz entorpeciera la forma en que se movía, todos salían de su espalda, ni uno sólo había salido como lo hacen en las películas donde alguien esta poseído, esta era igual que la primera, oscura, aunque si mirabas de cerca podrías darte cuenta que sus ojos no brillaban como lo hacían los de los otros dos demonios, esta sombra parecía ser un poco menos humana que las demás, como si en verdad estuviera muerto.

Se unió al primero, dejándose caer con un golpe sordo sobre el frío suelo.

La cuarta sombra, el cuarto demonio salió rápido y ágilmente, permitiendo que su captor no sufriera demasiado como lo había hecho con la última que había salido de él, los labios del hombre estaban tornándose pálidos, y un sudor frío recorría toda su frente, el temblor de sus miembros dificultaba que el quinto de ellos saliera, estaba siendo rápido para por fin salir y ver todo lo que se había limitado a ver a través de los ojos que le habían privado de observar el mundo completamente con sus propios ojos, si tan sólo no le hubiera negado tantas veces el ver lo que él necesitaba, esa sombra se hubiera quedado, pero después de estar encadenado y sin siquiera recibir una sola recompensa por todo el tiempo que estuvo atada, se sentía impaciente por salir.

Al estar frente al hombre que lo había privado de todo ello se quedó viéndolo, compasión, eso hubiera sentido si él hubiera mostrado un poco hacia esos seres que lo habitaban.

Negando con la cabeza el quinto  demonio se alejó viendo primero lo que se encontraba al otro lado de la ventana, todo era oscuro pero pronto vendría otro día.

La sexta sombra apareció como si estuviera flotando alrededor del cuerpo que ahora estaba sacudiéndose violentamente sobre el suelo, una fina capa de sudor cubría el piso donde se encontraba el hombre tirado, el sudor hacia que la ropa se le pegara al cuerpo.

El último de sus demonios estaba aún esperando el momento para salir y emerger a la vida, podía sentir el poder al ser el único que quedaba, podía sentir el miedo cubriendo todas las paredes del cuerpo que lo mantenía encerrado, el miedo era el mejor alimento para un demonio, saboreaba todas los sentimientos de quienes lo transpiraban.

Un sollozo salió de los labios de aquel hombre, el ultimo demonio podía oírlo tan fuerte dentro de su cabeza que casi quiso darle un puñetazo, pero no lo haría porque después de haber vivido y compartido un cuerpo con él se sentía incorrecto hacerlo.

Aspirando todas las emociones que salían como si no hubiera mañana comenzó a prepararse para salir, probablemente no quedaría mucho tiempo antes de que el hombre dejara de vivir y el muriera sino salía rápido.

La última sombra emergió dándole la bienvenida al primer rayo de luz que vieron sus ojos, no era luz natural pero después de todo seguía siendo luz.

Los rasgos de este último comenzaron a tornarse exactamente iguales  que los de su creador, la misma mueca en el rostro cuando sonreía, porque era lo que estaba haciendo, estaba sonriendo por fin eran libres, siete demonios que habían pasado su vida entera esperando ese momento.

El cuerpo que se encontraba en la mitad de  la habitación ahora estaba tirado en el suelo, el sudor cubría su rostro completamente, unos temblores sacudían su cuerpo, que una vez había sido fornido y alto ahora estaba convertido en algo delgado y frágil.

Sus ojos verdes se dirigieron a los siete demonios que se encontraban alrededor de él, como si estuvieran esperando a que dejara de existir.

Pero sólo había una cosa que ellos habían olvidado, si el moría, entonces ellos lo harían también, después de todo seguían siendo el mismo, sólo separados.

Hola, este es un relato que he escrito hace ya tiempo, lo he estado editando y lo he dejado así, me gustaría saber cuál es su opinión, ojala puedan decirme qué les parece 🙂 

Literatura

Ineluctable.

the girl and me
Danny Roberts

Apuesto a que aún piensas en mí.

Y que soy un recuerdo inefable para ti, porque eso era lo que fuimos y eso es lo que seguimos siendo, las historias que son escritas desde el momento en que nacimos nos dejaron con la esperanza de recibir más a cambio, pero nosotros nunca lo hicimos.

Apuesto a que ves los alrededores como si fueran nuevos para tus ojos, porque siempre fuimos ciegos, porque siempre nos deslumbraron las estrellas que estaban demasiado lejos para ser alcanzadas, éramos sordos y queríamos ser escuchados, quisimos ser libres y nunca dejamos atrás nuestras cadenas.

Apuesto que aún sueñas con los planes que compartimos y que no se cumplieron, porque sin saber que nuestros planes eran los mismos seguimos por diferentes caminos, pensé en esa frase de que el mundo era redondo y algún día nos volveríamos a encontrar, pero ahora que veo el tamaño de las ciudades que ni siquiera podía imaginar, me doy cuenta de que si nos encontramos ya no daríamos para más.