Literatura, Relato

Helena.

Bec Winnel.
Bec Winnel.

Su rostro era un lienzo marcado por las líneas que el tiempo dejo a su paso, a pesar de que intento cubrirlas con los tratamientos de belleza, sus huesos parecían rechinar como lo hace la madera vieja, la juventud que antes había tenido se le estaba yendo de las manos.

Ella se conocía a sí misma como nadie más lo haría, todas las mañanas al despertar, sus huesos comenzaban a molestarla, los años no habían pasado en vano.

Cada mañana despertaba con la ilusión de regresar de un sueño, cada mañana rezaba por seguir siendo aquella joven con el cabello de oro, la joven de aquellos ojos color esmeralda, que sólo con una mirada dejaba a los hombres hechizados por una belleza que muy pocas podían presumir.

Sostuvo un cigarrillo entre sus dedos ya demasiado expertos, con un movimiento rápido el fuego regreso de la vida de su antiguo encendedor, dejando que el chasquido de sus dedos se mezclara con el ruido del metal raspando la carne.

-No le perteneces a nadie –dijo cuándo dio la primera calada a su cigarrillo.

Era el lema que repetía desde que tenía veintisiete.

Helena era aquella mujer a la cual todos admiraban desde lejos, la que era perfecta para cualquiera pero no lo suficientemente buena para ser digna, de ser considerada, como algo más que una belleza.

Los amoríos a lo largo de su vida fueron intensos, pero ninguno duro lo suficiente.

El único al que alguna vez había amado, desapareció, dejándola con un vacío, dejándola sin una explicación, tiempo después se enteró de que aquel hombre estaba casado, eso le dolió, pero no más que el engaño, él se había casado con su mejor amiga, aquella que siempre iba de chaperona cuando ellos salían.

Tomando otra calada de su cigarrillo se levantó del sofá en el que estaba, la lluvia afuera caía a raudales, le gustaba observarla, pero más le gustaba escribir cuando el clima era así, triste como ella, atormentada.

Sus dedos huesudos comenzaron a escribir lo que su boca no se atrevía a decir, las palabras fluían, los personajes siempre presentes fuera de su mente, porque aunque no lo dijera, cada personaje era una de las personas que la habían abandonado o que la decepciono.

Mientras estaba perdida en los diálogos de ellos, alguien la observaba. Unos ojos de color café veía el cabello que ahora estaba pintado de plata. Suspiro, haciendo que Helena dejara de escribir lo que tanto anhelaba decir.

Sin embargo los ojos de ella no lograron verlo.

Todos ellos vivían dentro de su mente, pero a veces lograban salir de ahí, el carácter que los representaba no siempre era el que los acompañaba cuando la visitaban.

-Ella le pertenece a las letras –dijo uno de ellos con aire triste, era apenas un niño, el cual anhelo tener en sus años de madurez ahora que se encontraba sola.

-Ella nos pertenece –dijo Santiago, el personaje que representaba al amor de su vida perdido.

-Ella sólo se pertenece a ella misma –declaro Casia.

-Nos pertenece –afirmo Santiago –Helena nos ha creado, no puede ser libre, es esclava de sus fantasmas.

Helena era efectivamente esclava de sus fantasmas. Pero siempre intentaba dejarlos atrás, su forma de seguir adelante era haciéndolos sufrir en los libros.

-Yo no soy un fantasma –se defendió Lucas, aquel niño que se quedaba pegado a Casia.

-Porque no existes.

Casia sabiendo que era otra de las peleas entre ellos, sólo acaricio la cabeza del pequeño.

Veía a través de sus ojos aquellos que siempre iban disfrazados de algo como la esperanza.

Casia era Helena, aquella que guardo sólo para los libros, la dulce y buena persona, la que amaba a los niños y no se molestaba por una mancha.

La que se esforzaba en encerrar, el cigarrillo que Helena sostenía entre sus labios estaba a punto de terminarse, la cajetilla sólo tenía uno de ellos, había fumado casi toda la caja en sólo una mañana.

Sus dientes una vez blancos ahora eran amarillos.

-Morirá sola –dijo Santiago, viéndola con un poco de pesadumbre en su mirada.

Sabiendo que era cierto lo que decía Santiago, los labios de Casia formaron una línea, los rasgos de su cara distorsionados.

Los dedos de Helena se movían a toda velocidad, sabiendo que estaba en la cúspide de la historia se limitaron a observarla.

La arruga entre sus cejas se profundizaba con cada minuto que pasaba, perdieron el tiempo viendo como su creadora seguía lo que su mente decía.

El día dio lugar a la noche y ella aún seguía escribiendo.

-Tengo que irme –anuncio Santiago –me hubiera gustado salir de su mente y ser lo que siempre necesito.

Sin decir nada, él se desvaneció. Helena levanto la mirada como si buscara por él, pero eso no podría pasar porque para sus ojos cansados sólo eran invisibles.

Lucas estaba dormido en el suelo, el frío no lo inmuto ya que no podía sentirlo, sólo sabía ver las emociones o sentirlas cuando se trataba de él y Helena.

La única que la acompañaba hasta que se iba a dormir era Casia, la otra mitad que había matado para colocarla en un libro.

Observándola con tristeza y nostalgia suspiro, al igual que Helena, las dos se quedaron viéndose, pero sólo una de ellas podía ver a la otra.

-No le perteneces a nadie –repitió Helena, dando por terminado el día.

Levantándose con dificultad de la mesa camino hasta la cocina. Comió algo de lo que tenía en la nevera y se sentó a ver la oscuridad que rodeaba la ciudad.

Sentándose frente a ella Casia la observo.

Detrás de aquellas enormes gafas escondía una soledad que sólo ella podía entender, detrás de aquel enorme suéter escondía unos frágiles huesos y las entrañas, que se esforzaban en ocultar el corazón que no se atrevía a mostrar de nuevo.

Pero para eso ya era muy tarde.

-No le perteneces a nadie –dijo viendo a la nada.

-Te perteneces a ti misma –escucho dentro de su cabeza.

Volteando a los lados, le pareció ver un par de ojos cafés, de ese tono que sólo imaginas en las historias que lees.

Helena se quitó los lentes, limpiándolos con la esquina de su suéter.

Después de ponérselos de nuevo, no vio nada, porque Casia y Lucas estarían acompañándola y aunque ella no lograra verlos, seguirían esperando, no moriría sola, porque sus personajes eran la parte muerta que era ella y ellos la recibirían cuando llegara el momento.

-Nos pertenecemos a todos… -susurro Casia, viendo como los ojos de Helena se cerraban con lentitud.

Anuncios

4 thoughts on “Helena.”

  1. Me dejo devastado este texto, primero confieso que yo a veces soy Helena y acacia me acompaña como la conciencia, si yo odio ella odia por mi y es capaz de matar y hacer lo que sea por mi en las historias,segundo la forma en que manejas lo que escribes es que… ¡Irresistible llegar al final!, tercero me gustó el que quisieras decir que las personas y más los escritores tenemos nuestros fantasmas y esa lucha con ellos…

    Le gusta a 1 persona

    1. En serio, tu comentario ha hecho mi día, no creí que fuera a llegar de esa forma a alguien, me alegra de verdad, siento que todos tenemos un “otro yo” que hace todo lo que no nos atrevemos a hacer, sólo varía como lo sacamos, nosotros por medio de historias y así podemos cambiar sus finales aunque en la vida real no es tan fácil, jaja, gracias por tu comentario 🙂

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s